El escritor y viajero recorrió los caminos de España y América plasmando sus vivencias en amenísimos libros
Carlos Arévalo
Reza el dicho popular que «donde hay un deseo, hay un camino» y el de Ciro Bayo y Segurola fue precisamente el de echarse a andar. A pie y la mayor parte de las veces a caballo, se fundió con la Naturaleza siguiendo las huellas de la lengua española por los escenarios rurales de España e Hispanoamérica, observando atentamente todo cuanto acontecía a su alrededor y conviviendo con sus gentes para escribir después una quincena de libros a medio camino entre la autobiografía y la novela pasando por el ensayo. «El caballero don Ciro —escribió de él Emilio Carrere— es un trota tierras, un espíritu curioso e inquieto que ha recorrido medio mundo, anotando sus impresiones de espectador inteligente».
Aventurero incansable, este escritor, filólogo y poeta permanece prácticamente olvidado desde hace varias generaciones, si bien y a pesar de su encomiable labor lingüística y creadora, ni siquiera en vida obtuvo la categoría y fama que merecía como erudito y como artista. Así lo manifestaron en la prensa periodistas como Emilio H. del Villar allá por 1914: «Es una gran figura mal apreciada por la miopía de sus contemporáneos y paisanos (…) Si Ciro Bayo escribiera en Francia o en Inglaterra sería en nombre y fortuna un Julio Verne o un Wells».
Hombre de amplísima cultura, de gracia castiza y de trato afable, en cuanto tenía ocasión y unas pesetas en el bolsillo, se echaba a los caminos. Durante toda su vida se ocupó y preocupó del uso de la lengua castellana allá donde fue. En sus narraciones amenas y de gran frescura, cultivó una prosa rica, jugosa y correctísima donde divulgaba un afinado conocimiento histórico, amén de un riguroso estudio previo de las materias que trataba.
La existencia de Ciro Bayo fue verdaderamente novelesca. Madrileño de nacimiento, dijo haber nacido en la calle de Lope de Vega en 1856 aunque en otras ocasiones aseguró que vino al mundo en 1860. El caso es que con solo diecisiete años se escapó de su casa para enrolarse en las tropas del militar Antonio Dorregaray con motivo de la tercera guerra carlista, cayendo prisionero y siendo encarcelado en Mahón. Al recuperar su libertad, se embarcó rumbo a La Habana trabajando como traspunte y actor en una humilde compañía de cómicos. A su regreso a España se licenció en Derecho en Barcelona y, en 1889, se marchó a Argentina obteniendo un puesto de maestro rural para la provincia de Buenos Aires.
Allí aprendió de los gauchos a ser un buen jinete, recorriendo la extensa y solitaria pampa y otros países como Uruguay, Paraguay o Bolivia. Por aquellos parajes protagonizó episodios que si bien fueron ciertos, podrían haber surgido de las mentes más fantasiosas, como aquel que relató a Pedro Massa en El Liberal en el que fue antropófago sin saberlo:
«Estando en Yotán, recibí carta de un padre misionero, Jenaro Scherer, con el que había trabado amistad durante mi estancia en Guarayos, invitándome a una cruzada que tenía dispuesta contra los bárbaros que robaban el ganado de la misión. Estos bárbaros eran los sirionós, y por lo mismo que tanto había oído hablar de ellos aproveché la ocasión para conocerlos y acepté el convite. La expedición debía hacerse a la aventura, por ignorar a ciencia cierta el paradero del enemigo, si bien se aprovecharían las rutas que otras veces habían llevado a su encuentro.
Al segundo día de marcha, una de nuestras avanzadas dio aviso de que se había visto a cuatro «choris» cruzar unos puentes de bejuco y que a distancia se levantaba una columna de humo, señales éstas de que estaba cerca una población sirionó. Con esto el capitán de nuestra tropa guaraya —cien mocetones como castillos— desenvolvió su estrategia, que consistía en un movimiento envolvente para caer de sorpresa sobre el enemigo.
Fruto de tan acertada maniobra fue copar a más de treinta salvajes, los que no se dieron a partido sino después de una reñidísima lucha. Terminada ésta y aquietados por completo los ánimos, los guarayos se entregaron a sus expansiones. Con las reses capturadas en el camino y los avíos de viaje hubo abundante refacción para todos, sentándose cada rancho en el suelo, formando grupos a la luz de las antorchas de resina. En uno de los corros vi pelado y espetado en un asador un marimono, el cuadrúpedo mayor de esta zona, cuya carne es comestible. Ya me apartaba del grupo, cuando los guarayos, rodeándome con trato amistoso, me brindaron con una tajada del mono asado.
—«¡Carayá, caray!» —me decían —; porque en su lengua, carayá es el marimono, y caray, el hombre blanco. Venciendo mi aprensión acepté el convite e hinqué el diente en la tajada. Tan sabrosa encontré la carne, que repetí con otra ración y no comí más porque me esperaba la mesa del padre conversor. Mientras comíamos conté a mis compañeros de mesa mi plática con los guarayos y el hallazgo que significaba para mí la gustosa carne de marimono.
—«¡Qué marimono ni qué ocho cuartos! —vino a decirme en francés el padre Jenaro— lo que usted ha comido es carne de sirionó con su punto de salmuera, que es el manjar de la tropa esta noche. Pida a Dios que le perdone y... que lo digiera bien». Y me ofreció un vaso de vino que apuré de un trago. ¡Qué iba a hacer!».
Su estancia en Hispanoamérica duró alrededor de una década y sus andanzas allí, que él consideraba las más interesantes de su vida, quedaron reflejadas en numerosos trabajos en los que relataba bellas o cruentas historias de indios, misioneros y conquistadores en títulos como Por la América desconocida, La Patagonia y sus Césares, Los Marañones, Examen de próceres americanos, El peregrino en Indias, La Colombiada o Los caballeros del Dorado.
Ya de vuelta en España continuó su faceta de andariego solitario y romántico. Entre correría y correría, se instaló en Madrid donde se sabe que residió un tiempo en una buhardilla bohemia de la calle de Antonio Grilo y también en la de Federico Balart, antes denominada de la Garduña, ya desaparecida y entonces situada junto a la de San Bernardo. Los mesones, las ventas y las posadas castellanas fueron su hogar en aquellas peripecias por los viejos pueblos españoles donde forjó su leyenda de personaje errante y quijotesco. De hecho, Valle-Inclán se inspiró en él para su personaje llamado Peregrino Gay de Luces de Bohemia.
Su libro más popular en España fue El peregrino entretenido, cuya primera edición en 1910 se costeó él mismo, inspirado en el viaje que realizó desde Madrid hasta el monasterio de Yuste acompañado por sus amigos los hermanos Pío y Ricardo Baroja. De aquel periplo, don Pío escribiría La dama errante y don Ricardo crearía una serie de magníficos aguafuertes. También su obra Lazarillo español fue premiada por la Real Academia Española y escribió, además, algunos tratados como El veraneo o Higiene sexual del soltero.
Como, a excepción de un puñado de nombres, lamentablemente la literatura no daba entonces ni tampoco ahora ni para malvivir, Bayo tuvo que trabajar también como corrector de textos, recopilador de diccionarios o traductor de autores franceses para editoriales como la de Rafael Caro Raggio, cuñado de Pío Baroja, que también publicaría la mayoría de sus novelas.
La precaria situación económica de Bayo, lo llevó a ingresar en la Residencia del Instituto Cervantes, institución creada por la Asociación de Escritores y Artistas Españoles a beneficio de sus miembros más desamparados. En el número 14 de la calle del General Zabala, en plena Guindalera, se habilitó desde 1917, un chalet de dos plantas con un pequeño jardín, entonces llamado hotel, para acoger a una docena de estos ancianos que antaño fueron nombres destacados del teatro, la música o la literatura. Allí estaban austera pero cómodamente alojados y bien alimentados y podían recibir visitas así como disfrutar de las diferentes estancias dedicadas a su tranquilidad y esparcimiento.
Ciro Bayo trabajó hasta prácticamente el final de sus días. A la periodista Luisa Carnés, le regaló esta reflexión para las páginas de Estampa: «Soy setentón pero no me considero viejo. Generalmente, los setentones no hacen más que vegetar: suelen ser como lamentables trofeos de victoria sobre el tiempo, que, evidentemente, no vale la pena de ser conseguido. Creo que mientras un hombre pueda disponer de su voluntad, mientras consiga interesarse por las cosas de los demás y prefiera ser espectador de la vida, a convertirse en espectáculo para las gentes, no me disgustará llamarle viejo, tenga los años que tenga».
Entre aquellas paredes escribió su última obra —de la que fue autor y editor— titulada La reina del Chaco de temática americana. Todo un brillante ejercicio literario al dejar volar su imaginación hasta aquellas lejanas tierras de Paraguay y Bolivia que tan bien conoció. El inquieto y jovial hidalgo madrileño aseguró que «desearía hincar el pico escribiendo una cuartilla u hojeando un libro, como le sucedió a Petrarca».
Finalmente murió en el hospital en 1939 unos días antes del estallido de la guerra civil, solo, pobre, casi ciego y sin que apenas trascendiera la noticia. Millonario en experiencias y en anécdotas, Ciro Bayo fue maestro de quien lo quiso escuchar y leer y, como en el poema de Antonio Machado, nunca persiguió la gloria pero desde luego como caminante, sí hizo camino al andar.

