«La cultura es la buena educación del entendimiento», Jacinto Benavente

Olga Ramos, cien años de cuplé

Texto: Carlos Arévalo/ Fotos: Archivo Olga María Ramos

Los caprichosos caminos del arte y de la vida llevaron a Olga Ramos a entonar miles de veces el chotis universal de Agustín Lara cuyo estribillo anunciaba: «Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací». Y ni el autor ni la intérprete decían la verdad pues uno procedía de la ciudad mexicana de Veracruz y la otra había venido al mundo en Badajoz. Pero eso daba igual porque ambos se aferraron con sabio criterio al viejo refrán que reza: «Uno no es de donde nace sino de donde pace». Y Olga, que se estableció en la capital española junto a su familia con sólo once años, se sintió madrileña desde el primer día. Hoy, que de vivir soplaría las cien velas, viene a cuento recordar su historia y su figura como violinista y cantante principalmente de cuplés, género musical inventado en Francia aunque adaptado en España a nuestra cultura, idiosincrasia y picardía.

Se cumplen cien años del nacimiento de la cupletista y violinista Olga Ramos, embajadora musical de lo castizo y popular.


Nacida un 20 de julio en Badajoz con el nombre de Trinidad Olga Ramos Sanguino (1918-2005), la protagonista de esta efeméride comenzó a desarrollar sus dotes musicales en el conservatorio pacense, primero, y posteriormente en el de Madrid, donde obtuvo el primer Premio de Música de Cámara como violinista, compaginando su formación con estudios de Arte Dramático. Su creciente vocación la llevó durante la guerra civil a formar parte de una compañía amateur de teatro y, tras la contienda, a trabajar incansablemente dando modestos recitales para llevar dinero a casa. Su destreza con el violín le ayudó enormemente a conseguir sus primeros contratos actuando en lugares como el cine Bilbao de Madrid pues en aquella época se tocaba en directo antes y después de las proyecciones de las películas. 

Cartel del film Leyenda rota.
Coqueteos con el cine
En 1939, la joven artista participó eficazmente en la película Leyenda rota dirigida por Carlos Fernández Cuenca y protagonizada por Maruchi Fresno y Juan de Orduña, y dos décadas más tarde, en 1959, lo haría a las órdenes de Marco Ferreri en El pisito en cuyo reparto figuraban como primeros actores Mary Carrillo y José Luis López Vázquez. En esta cinta interpretaba al violín un fragmento de El Danubio azul. De nuevo casi veinte años después, en 1978, rodaría en México la película ¡Pum! de José Estrada, que fue su tercer y último trabajo en la gran pantalla. Sin duda alguna, de haber aparecido con mayor frecuencia en otros largometrajes, su éxito y popularidad se habrían disparado más rápidamente de cómo sucedió en realidad.


Orquesta de señoritas
En plena década de los cuarenta, «la Ramos» formó una orquesta de señoritas llamada Fémina, que más tarde se hizo mixta. Al principio ella sólo actuaba como concertista de violín pero gracias a su hermosa voz aguda y perfectamente afinada, de tiple ligera, poco a poco se convirtió también en cantante. Estaba actuando en el desaparecido Café Universal sito en la Puerta del Sol cuando conoció al que sería su marido y principal apoyo profesional, el compositor y virtuoso del saxofón, clarinete y bandoneón Enrique Martínez de Gamboa al que todos apodaban «El Cipri». Comenzaron a trabajar juntos y se casaron en 1947, año en que nació su única hija Olga María, que con el tiempo se ha convertido en una de las cantantes e investigadoras más comprometidas con la pervivencia del cuplé.
Olga Ramos, la segunda por la izquierda, junto al resto de señoritas que componían la orquesta, paseando por aquel Madrid.


En 1951, Olga Ramos realizó su primera grabación, un EP para el sello Columbia impresionado en disco de pizarra. Aunque fue coautora junto a su marido y otros compositores de más de una veintena de canciones, a lo largo de su extensa trayectoria no serían muy habituales sus grabaciones, dejando como legado musical algún LP a partir de la década de los sesenta y posteriormente varios compact disc con antologías del cuplé. Su extensísimo repertorio abarcó piezas históricas como La violetera, El relicario, La pulga, ¡Ay, Cipriano!, Las tardes del Ritz, La chica del 17, El polichinela… Conviene destacar también su carácter altruista involucrándose en proyectos benéficos como con el tema Di que no que lanzó su hija en los noventa para luchar contra la droga o el disco para UNICEF La plazuela de los niños editado en 1987 en el que también participaron nombres como Juan Pardo, el Dúo Dinámico,  Sergio y Estíbaliz y otros referentes de la música española.

Caprichos del destino
Llevaban ya un tiempo considerable deleitando los oídos de los clientes del Café Universal, ganando muy poco pero viviendo tranquilos, cuando un empresario llamado Carcellé les ofreció un contrato para el extinto Circo Price de la Plaza del Rey en el que se presentaría junto a una veintena de músicos como Olga y sus cadetes. La mala suerte y el hacinamiento de los animales que habitaban en dicho recinto, hicieron que a los pocos días de debutar, un mosquito le transmitiera el tifus y tuvieran que cancelar el espectáculo.  En otra ocasión, la reclamaron para actuar en Tánger pero esta vez, la imprudencia al beber agua de un aljibe le produjo unas fiebres altas que le obligaron a regresar a Madrid de inmediato. La gira iba a llevarla hasta Brasil donde nunca llegó a actuar.

Olga Ramos con su inseparable violín en un café de Madrid.
La peregrina de los viejos cafés
Durante su primera etapa profesional, Olga Ramos actuó junto a sus orquestas en multitud de cafés principalmente de Madrid, Castilla y León y el norte del país. El periodista Emilio Romero la llamó «la peregrina de los viejos cafés con música» pues recorrió los más nombrados de la época; amén del Universal pasó entre otros por el Negresco, el Levante, el de la Tropical o el de la Montaña -llamado popularmente «el café de la pulmonía» por la cantidad de puertas que tenía-. Fuera de la capital tuvo una gran acogida en el Novelty de Salamanca, el Nervión de Bilbao, el Palentino de Palencia, el Universal de Vigo, etcétera. También dejó su arte en algunos teatros como el Fuencarral o salas de fiesta como Pasapoga aunque no fueron aquellos sus escenarios habituales. El ritmo de trabajo consistía en hacer tres funciones diarias y los domingos cuatro, por lo que tampoco era fácil relacionarse con la profesión ni siquiera trasnochar. Además, al trabajar con su marido, se aisló del resto de compañeros dividiendo su existencia en dos facetas muy distintas, la pública y la íntima.

Difíciles tiempos de cambio
Después formó un trío para actuar en el ya desmantelado Café Varela donde estuvo unos tres años. A partir del año 1956, momento en que llega la televisión a España, los cafés quitaron las orquestas y en su lugar instalaron televisores. Muchos músicos se quedaron en la calle, entre ellos Olga Ramos y «El Cipri». Como lo del café-concierto era tan especializado y los nuevos ritmos llegaban pisando fuerte, el matrimonio no era capaz de encontrar su hueco y pensaron en retirarse definitivamente. Fueron años duros impartiendo clases particulares de música para sobrevivir hasta que encontraron nuevas oportunidades. En 1967, Olga recibió la llamada del actor y empresario Luis Escobar  para que trabajara como violín concertino en su teatro, el Eslava, en el que se representaba la revista Madrid galante con música de zarzuela que protagonizaba Nati Mistral. Eran las postrimerías de aquel  Madrid tan auténtico de veladores y organillos, de cerilleras y chulapos. Un tiempo que Olga nunca dejó de evocar como testigo comprometido con una era, con un modo de vivir y de sentir.

Publicidad que anunciaba su negocio.
El último cuplé
Pero el verdadero triunfo de Olga Ramos ocurrió a partir del año 1968 cuando por recomendación del maestro Monreal, compositor de Las tardes del Ritz,  debutó en un restaurante romántico con espectáculo llamado El último cuplé. Tenía entonces cincuenta años. Fue como ella siempre dijo, su «alegre otoño». El negocio, que estaba en el número 51 de la madrileña calle de La Palma, pertenecía al señor Carven, un ex general rumano y anticuario que no terminaba de hacerlo funcionar. Cada noche actuaban un par de chicas jóvenes sin demasiado éxito. Al principio ella entró como violinista pero un día, un cliente la reconoció de los tiempos del Universal y le pidió que cantara La Mariblanca. Tal fue el éxito que tuvo, que el dueño decidió que cantara también. A partir de aquel momento, se corrió la voz y la gente iba a verla a ella. Gracias a la ya fallecida Ana Muñoz, esposa de Alfredo Amestoy, fue a cantar a televisión, hecho que ayudó indiscutiblemente a su relanzamiento y por supuesto, a que el local se llenara a diario. Incluso aunque no saliera ella en pantalla, si por ejemplo reponían alguna película de Sara Montiel, por la noche la gente acudía a cenar y al espectáculo porque les traía gratas vivencias de juventud.

Tras la muerte del propietario, el local se cerró brevemente y Olga se marchó una temporada a trabajar fuera. Estuvo en Caracas actuando en el canal 7 de televisión y después se instaló en México donde rodó la citada película ¡Pum!. Finalmente en 1980 volvió a Madrid  y se hizo cargo del traspaso, rebautizando el sitio como Las noches del cuplé. Cada velada junto a su fiel pianista Magda Martín, con su magistral picardía, regresaba al ayer recuperando para el público las canciones mágicas de antaño, en una atmósfera de espejos esmerilados y humo, de fotografías en sepia, coloridas plumas y vivos mantones de Manila. El cronista Paco Umbral la definió muy bien: «Le pone a cada cuplé un pie de página». En un ejercicio más de nostalgia, en los noventa participó en la serie de televisión Los años vividos narrando ante la cámara alguna de tantas jugosas anécdotas que protagonizó.

Madre e hija cantando juntas en el mítico local.
Heredera de las grandes divas
Su hija Olga María Ramos habla de su madre como una artista autodidacta y asegura que solamente admiraba a las más grandes: «Le gustaban las voces de zarzuelas. De cupletistas se quedaba con La Goya o con Raquel Meller de las que fue heredera artística pero apenas había buenas grabaciones musicales de aquel género y no existía la facilidad de ahora para escucharlas. Al no ser coetáneas de ella, no pudo verlas en directo a casi ninguna. A Meller sí, la vio en el 57 en el teatro Madrid con su espectáculo Los vieneses cuando ya estaba hecha polvo mientras Sara triunfaba en los mejores cines de la Gran Vía. De su época le gustaba Celia Gámez, Imperio Argentina, Libertad Lamarque, Luis Mariano o Alfredo Kraus. De los más jóvenes seguía a  Elvis Presley, Camilo Sesto, Nino Bravo o Plácido Domingo…por cierto, ¡una Nochevieja fue Plácido al local con sus padres y cantó mientras mi madre lo acompañaba al violín! Al marcharse escribió en el libro de visitas: La mejor soprano que me ha acompañado en La verbena de la Paloma ha sido el violín de Olga RamosY es que por allí desfiló lo mejor de la profesión, desde Lola Beltrán a Violeta Parra pasando por Chavela Vargas o Raphael que fue antes de casarse y cantó con mi madre el cuplé Agua que no has de beber. En el escenario, ella era una cosa y en su casa, otra. Cocinaba muy bien platos típicos como los callos o las torrijas, era muy casera. Llegaba a Las noches del cuplé siendo una anciana con bastón y gafas de sol, entraba por detrás directamente al camerino para arreglarse y se transformaba totalmente al salir a actuar. Estuvo tocando y cantando hasta los 81, con la voz sin arrugas pero con las rodillas destrozadas».

Centenario de una madrileña adoptiva
Ahora que se celebran los cien años de su nacimiento y los cincuenta de su debut en el mítico local de la calle de La Palma es el momento idóneo para rescatar su trabajo, cuyo esfuerzo ha sido reconocido en parte, y sólo en parte. En su Badajoz natal hay una calle que inauguró en vida y, en Madrid, una rotonda a título póstumo. Desde el mandato de Tierno Galván hasta sus últimos años de vida, Olga no dejó de ejercer como madrina de los puestos navideños de la Plaza Mayor ni de actuar en San Isidro y otras fiestas grandes de la ciudad, reivindicando el casticismo a través de su repertorio, y derramando garbo, gracia y salero como si hubiera nacido en el mismísimo Chamberí. 
Gracias a su hija Olga María Ramos, la estirpe continúa y el cuplé sigue teniendo una ejemplar embajadora que lucha por el reconocimiento de este género que hemos hecho tan nuestro. Su tesón y defensa de dicho estilo se ha materializado en un museo dedicado a la figura de su madre que ha instalado en su propia residencia a las afueras de Madrid con objetos personales, partituras, instrumentos, afiches…
Mientras el Ayuntamiento de Madrid decide si Olga Ramos se merece el título póstumo de Hija Adoptiva de la ciudad, su memoria franquea los arcos de la Plaza Mayor de nuestro recuerdo para establecerse allí, esperemos que durante mucho más de un siglo.
Vista parcial del Museo Olga Ramos que su hija Olga María ha instalado en su propia residencia con objetos de su madre.

El Madrid de Olga Ramos
A continuación se propone una ruta por los lugares donde la artista vivió, actuó y, en definitiva, regaló su arte castizo a todo el que quiso escucharla:





¿Qué es el cuplé?

El cuplé es galanura,
el cuplé es picardía,
tiene mucho de ternura,
de nostalgia, de alegría.

El cuplé es la chulapa
que en dar celos se recrea,
es el garbo de la guapa
y la suerte de la fea.

Es el duende caprichoso
que delata y entromete
al galán jacarandoso
y a la Lola del sainete.

El cuplé es relicario
de la tragedia torera,
es la cuenta del rosario
de la novia que le espera.

Es la verja con macetas
del recóndito balcón
donde salta la saeta
al pasar la procesión.

Es el sol de los abriles
de la maja calesera,
es el coche del Madriles
y la eterna violetera.

El cuplé es tantas cosas
que no comprendo por qué
puede haber gente dudosa
que ignore qué es el cuplé.

Enrique Ramírez de Gamboa, «El Cipri»