«La cultura es la buena educación del entendimiento», Jacinto Benavente

Manolo Royo: «En el humor es fundamental el factor sorpresa»

Manolo Royo, artista aragonés polifacético que actualmente compagina el humor con la pintura.

Texto: Carlos Arévalo/ Fotos: Alejandro Echegoyen

Manolo Royo (Caspe, 1951), antes Manolito y dentro de poco Don Manuel, lleva haciendo reír a la gente casi medio siglo. Como el más puntual de los mensajeros ha recorrido miles de kilómetros en bicicleta, en barco o andando para entregar inmensos cargamentos de carcajadas a sus destinatarios, que es su público. Manolo es heredero de los cómicos clásicos incansables que, aunque no lo pareciera, siempre llegaban a alguna parte. Es humorista gráfico, ha cantado, ha escrito una veintena de libros, ha actuado en teatro, cine y televisión, es deportista aficionado, y además está dotado con la gracia de la pintura con la que desde hace unos años, nos alegra la vista. 

Hay mucha gente que todavía no sabe que haces tantas cosas y tan variadas…Háblanos del Manolo Royo, pintor.
Como pintor abstracto, Manolo firma como Royo Ubieto.
«Yo llevo pintando desde 1997, además siempre he hecho humor gráfico, ya en la mili en Zaragoza, dibujaba mis viñetas en el tablón del cuartel y también, aunque no tenga nada que ver, el dibujo lineal se me daba muy bien. El caso es que empecé a pintar y a regalar cuadros a mis amigos. Me decían que les gustaba lo que hacía y un buen día una gran pintora y retratista, Nati Cañada vino a mi casa, vio la obra, me animó a que me presentara a un concurso de pintura y lo gané.
Otro día, paseando por Madrid, entré por casualidad en la galería de David Bardía y pregunté por él. Contactamos, vino a ver mis cuadros y me dijo: «El año que viene expones en mi galería». Y así fue. Expusieron 33 cuadros míos con gran aceptación de crítica y público. La verdad es que estoy encantado con la pintura. Trabajo tanto en formato grande como pequeño con acrílico y sigo el estilo del neo expresionismo abstracto».

¿Dónde se puede ver tu obra actualmente? ¿Está también a la venta o solamente expuesta?

«En este momento y hasta el 26 de abril, hay una exposición mía de quince cuadros en el palacio ducal de Medinaceli, Soria. También hay cuatro obras mías en una exposición colectiva en Madrid, precisamente en la galería de David Bardía, en la calle de Villanueva, número 40. Ambas están a la venta».

Naciste en Caspe, Zaragoza. ¿Te consideras profeta en tu tierra?

«Lo que soy es cómico en mi tierra porque a mi pueblo he ido a actuar varias veces pero quiero contarte algo en primicia. El municipio segoviano de Grajera ha puesto seis calles nuevas entre las que me ha dedicado una por votación popular, y eso a mí me invade el alma. Es curioso porque nunca he estado ni actuado allí ni tenemos ninguna vinculación especial, simplemente por el carisma que les he despertado por la televisión. ¡Me enteré por un cartero que vino a mi casa y que precisamente era de ese pueblo! De inmediato me puse en contacto con el alcalde y próximamente voy a ir a inaugurarla».

Aragón es tierra de grandes cómicos. ¿A cuáles conociste? ¿Aprendiste algo de ellos?

«Es verdad, de Aragón son Paco Martínez Soria, Antonio Garisa, Fernando Esteso…¡Los conocí a todos y aprendí muchísimo de ellos, casi todo lo que sé! Yo he aprendido de todo aquel que salía a un escenario a hacer reír a la gente. Por cierto que a mí me apadrinó Esteso que estaba actuando entonces en Pasapoga, y lo convencí para que me acompañara al programa de televisión Mañana puede ser noticia que presentaba Yale
Respecto a Martínez Soria, fui a verlo actuar al teatro Eslava de Madrid cuando yo estaba debutando en una sala llamada Micheleta. Entonces estaba muy de moda lo de dedicar la actuación a los artistas que iban a verte porque eso te daba prestigio. Yo le daba una propina al portero para que me avisara por un telefonillo que tenía en el camerino si entraba a ver mi espectáculo algún personaje y  así enterarme. Y un día vino Martínez Soria pero el portero me lo dijo después de terminar la actuación porque Don Paco le había dado más propina que yo para que no me dijera nada y no me pusiera nervioso.  ¡Fíjate si era profesional! 
Además tengo los derechos de sus obras firmados por su hija mayor para hacerlas en teatro pero no se han hecho porque hace falta un gran productor detrás».

Una de las divertidas poses de Manolo Royo.
El circo es uno de esos lugares en donde germina la semilla del humor con más fuerza y tú tuviste la oportunidad de comenzar tu vida profesional en aquel mundo de ilusión nada menos que junto a los hermanos Tonetti. Cuéntanos aquellos inicios.

«Eran las fiestas del Pilar de 1969. Yo estaba trabajando de tornero de día y estudiando por las noches maestría industrial y pasé por donde estaba el circo. Le pregunté al portero si podía hablar con los hermanos Tonetti, me presenté como un aspirante a cómico, y me dieron la oportunidad de salir en esa misma función, me dijeron: «¡Sales ahora y lo demuestras!» Total que me anunciaron, salí, tropecé, me caí, me llené la cara de serrín, el público se partió de risa y después hice algunas imitaciones de personajes famosos entonces como Alfonso Sánchez o  Rodríguez de la Fuente. Al terminar, Manolo, uno de los dos hermanos, me metió mil pesetas en el bolsillo y me dijo: «Y mañana tenemos dos funciones». ¡Y hasta hoy! Ellos se portaron muy bien conmigo, los recuerdo con mucho cariño. Me decían que en su circo tendría trabajo siempre aunque fuera de tigre.
En Santander sus viudas y su hija me entregaron el año pasado en el circo el premio de los hermanos Tonetti y fue muy emotivo. Luego fuimos a hacernos una foto al monumento de bronce que hay de ellos allí. Yo me considero hijo artístico de Tonetti porque soy un clown, un payaso, lo que pasa es que no me atrevo a pintarme la cara».

En 1977 grabaste en Movieplay un LP cantando aquello de «T’ has pasao, macho, t’has pasao» con el que llegaste a puestos importantes de las listas musicales. Era sin duda el momento e iba en la línea de lo que hacían compañeros como La charanga del tío Honorio, ¿cómo lo recuerdas?

«¡Fue superventas y llegué al décimo puesto en los 40 Principales, increíble! Era una canción efectivamente en la línea del La charanga del tío Honorio porque la compusieron también Julio Seijas y Luis Gómez-Escolar, que eran los mismos autores e integrantes de aquel grupo».

Desde mediados de la década de los setenta hasta hace pocos años, viviste épocas inolvidables trabajando en programas de televisión como Un, dos, Tres o Noche de Fiesta por citar algunos de los más recordados…¿en qué momento crees que la cosa empezó a caer en picado hasta el punto de que tanto a ti como a los cómicos de tu generación dejamos de veros?

«Salir a un escenario o a una plaza de toros y llenar, hoy en día, es muy complicado. Antes se ensayaba una y otra vez, luego salías y lo contabas y quedaba muy bien pero ahora salen a decir una cosa que han leído cinco minutos antes y la interpretan leyéndola en una pantalla de auto-cue; si sabes leer eres buen cómico y sino no eres nada. Hoy la televisión la hace el tío que te sopla por el pinganillo, tú sólo pones el cuerpo. No se ha cultivado el trabajo de cara al público. Mira el ejemplo de Arturo Fernández, con la edad que tiene sigue llenando el teatro y en televisión hizo aquella serie que estaba muy bien pero luego ya no hizo nada más».


Manolo Royo que actualmente expone en Medinaceli y Madrid, muestra uno de sus cuadros en su domicilio madrileño.





A pesar de los celos y la lucha de egos que suele haber entre artistas del mismo gremio. ¿Consideras que tienes verdaderos amigos dentro de la profesión?

«Mira, a fuerza de pasar los años, yo no creo que queden vestigios de celos ni de envidias ni de nada cuando hay carreras paralelas y con tantísimo recorrido en nuestras mochilas. Yo creo que prácticamente todos los compañeros lejos de odiarnos o de envidiarnos, nos queremos.
Recuerdo que una vez me quejé a un empresario porque había un artista que me copiaba y cuando yo llegaba a los pueblos, la gente se reía menos porque ya se lo sabía. Y en el humor se juega siempre con el factor sorpresa, es fundamental. El empresario me tranquilizó al decirme que nunca contarían tan bien como yo algo que era mío, y tenía razón. Por algún motivo que desconozco y como me llegó a corroborar el propio Tony Leblanc, la gente sabe cuando un chiste es mío, por la forma de contarlo, porque te identifican. De todas formas yo tengo 67 años y me da igual ya casi todo».

Siempre has cultivado un humor inteligente pero blanco y, a pesar de ello, sufriste la censura en varias ocasiones…

«Sí, una vez fue por una tontería en la que se metieron con mi tierra y respondí públicamente. Alguien debió de tomar represalias y dejé de actuar un tiempo en televisión. Anteriormente, en los años setenta, venía a las salas de fiestas un censor que te pedía el libreto y se quedaba a la actuación para comprobar si lo que estabas contando coincidía con lo escrito. Y como lo mío tenía mucho de improvisación, me daban un toque. Yo trato de no dañar a nadie y si me meto con alguien es con el poder. Dijo una ministra que el dinero público no es de nadie, así que como ellos no son de nadie pues yo les voy a decir que están equivocados».

El maestro Miguel Gila dijo de ti: «Manolo ha pasado años haciendo bolos, televisión y salas de fiesta y se ha dado cuenta de que es muy importante crecer, pasando de humorista a actor, sin que esto lo aparte de su trabajo como humorista, lo que me permite felicitarle y desearle que ponga en lo más alto de la pirámide su bandera como actor». ¿El escenario lo es todo?

«¡Sin duda! Al teatro no hay nada que se le parezca. Y por cierto, que un día Gila, que era un genio, me escribió una comedia que no me digas por qué nunca se montó. Yo soy de directo. Y después de 48 años de profesional del espectáculo, sigo trabajando y llenando teatros, y puedo decir que tengo un directo brutal que sigo manteniendo porque es lo que he hecho toda mi vida. La televisión no la manejo bien porque cuando estás contando una cosa, en lugar de enfocarte un pie que lo estás moviendo para hacer la parodia, ¡te están enfocando un ojo! ¡Y si era con Lazarov, ya ni salías!»

Has actuado en muchos cruceros, ¿es un buen recurso profesional para seguir en el candelero?

«Lo veo un lugar de trabajo fenomenal y me divierto muchísimo. Generalmente zarpaba de Barcelona o de Valencia y a lo mejor en una semana, sólo trabajaba un día y hacía dos funciones para 500 personas cada una. Es buenísimo porque haces muchos amigos, recorres ciudades preciosas y te ayuda a estar en activo en los meses que habitualmente son más flojos de trabajo».

Has escrito 18 libros y pronto vas a presentar dos más, ¿cómo conseguiste que el mismo Camilo José Cela te prologara uno de ellos?

«Fue el primer libro de greguerías que escribí, se llamaba Zumo de neuronas. Yo era muy amigo de Manolo Summers y cuando Cela ganó el Nobel de Literatura, los humoristas gráficos españoles le hicieron un homenaje que coincidía en el tiempo con lo de Marina Castaño. El caso es que fuimos todos al evento y cada uno le entregó una viñeta que hacía referencia o al premio o a lo de Marina, y algunos a ambos. Yo escribí en un folio diez o doce greguerías y cuando me tocó el turno se las entregué y, para mi sorpresa, las leyó allí mismo y vi que le gustaron. Así que de repente con mucho morro le dije: «Don Camilo, yo tengo un manuscrito en casa, ¿usted me escribiría el prólogo?» Y me respondió: «Habla con Marina y mándamelo». Lo hice y, ¡a la semana me envió el prólogo!»

Por último, Manolo ¿eres de los cómicos serios en tu día a día o más parecido a como te vemos sobre los escenarios?

«Soy bastante serio, con los amigos trato de pasármelo bien pero ellos saben que nunca voy a contar un chiste ni nada que se le parezca, además porque soy más ocurrente que chistoso. Una vez estaba en una comida sentado al lado de mi amigo El Fary con varias personas más, y alguien dijo en voz alta: «¡Oye, Manolo, cuéntante algunos chistes!». Y El Fary se levantó como una flecha y dijo: «¡Ni éste canta, ni yo cuento chistes!». Y ya no dijo nadie nada más».

T' has pasao, la canción que grabó en 1977 Manolo Royo, entonces Manolito: