«La Cultura es la buena educación del entendimiento», Jacinto Benavente

Triste centenario del cantante Lorenzo González, imperdonablemente olvidado

El intérprete venezolano fue un ídolo en los años cincuenta en España









Carlos Arévalo

En el año 1952 sonaba en las radios de válvulas, en los patios de vecindad y en las mejores salas de fiesta de nuestro país aquello de «Cabaretera, mi dulce arrabalera, te quiero en mi pobreza y nunca he de cambiar». Era una de las más destacadas canciones de moda del momento, estrenada aquel mismo año en la lujosa Casablanca madrileña por su intérprete original, un apuesto venezolano llamado Lorenzo González que llegó a España para triunfar y quedarse.

Cabaretera competía en las ondas con otras talentosas composiciones en voces masculinas como la del rey del bolero, Antonio Machín que en el 52 sonaba con Como ni novia ni hablar o el elegantísimo valenciano Jorge Sepúlveda que defendía vocalmente el pegadizo éxito instrumental de Pérez Prado, Cerezo Rosa. Por su parte las canciones interpretadas por mujeres arrasaban también en inolvidables voces de la copla como la de Juanita Reina que en aquel año triunfaba con Filigrana de oro puro o la de Lola Flores que se metía al público en el bolsillo con Ay pena, penita.

El caso es que tras un interesante periplo artístico enrolado como cantante en formaciones musicales de Venezuela como la Leonard Melody -con quienes también grabó una debutante Celia Cruz-, Lorenzo González irrumpió, ya acompañado por su propia orquesta, como un torbellino en el panorama patrio y sus éxitos se sucedieron en un breve período de tiempo. Cierto es que Cabaretera fue su impecable tarjeta de presentación aquí y sería su canción fetiche durante toda su carrera -compuesta por el puertorriqueño Bobby Capó-, formando parte indiscutible de la memoria colectiva de la España de los cincuenta; tal fue su impacto que posteriormente incluso la grabarían artistas como Dyango o Raphael.

En aquel mismo 1952 cosecharía el simpático González nuevos triunfos con temas como Hola, ¿qué tal? o Niña que continuarían haciendo las delicias del respetable, principalmente de las féminas de toda clase y condición. Y es que si a su seductora voz sumamos su desparpajo natural y su planta, conviene recordar que aquel joven mulato las enamoraba en cuanto pisaba el escenario. En su repertorio, repleto de hermosos boleros y pegadizos ritmos tropicales como el mambo, nunca faltaron algunas versiones de clásicos románticos como Historia de un amor, Piel canela, Contigo aprendí o Alma llanera, todo un himno en su tierra natal aún vigente hoy. Ya convertido en una de las voces melódicas más aplaudidas en España, fichó al virtuoso pianista catalán Tete Montoliú que trabajó en su orquesta durante un tiempo. Luego llevaría sus espectáculos por toda nuestra geografía y posteriormente lo contrataría la cadena Hilton para actuar en sus hoteles repartidos por distintos países del mundo.

Aunque era más joven que ellos, rivalizó artísticamente con compañeros y amigos de la talla de los ya citados Machín, Sepúlveda o Bonet de San Pedro que fueron ases de la canción romántica y números 1 de su tiempo. Con los dos últimos trabajó, además, en Super Sara Show en 1980, un espectáculo a modo de «revival» protagonizado por Sara Montiel en el que se recuperaban sus éxitos de antaño. Y es que, en la década de los sesenta debido a la llegada de nuevos ritmos como la canción italiana, primero o el rock y el pop, después, el interés por los solistas de su estilo había menguado considerablemente y, con ello, las ventas de discos y los contratos. No fue hasta la década siguiente, gracias a la bautizada como moda «camp», cuando aquellas primeras figuras regresaron a los escenarios y a los estudios de grabación, registrando en muchos casos con arreglos nuevos sus míticas canciones de los años cuarenta y cincuenta. Aquella segunda oportunidad duraría hasta entrados los ochenta en que, los que sobrevivieron como Lorenzo, seguirían en la brecha, paulatinamente reclamados por un público menor hasta ver, triste y forzosamente, que su trayectoria tocaba a su fin.

Lorenzo González nació en la localidad venezolana de Panaquire en enero de 1923 y su pista se perdió hacia finales de los años 90 o comienzo de los 2000. Varias personas que lo conocieron aseguran que falleció en una fecha y lugar indeterminados. De vivir, acabaría de cumplir el siglo. Parece mentira que el que, décadas atrás, fuera un ídolo de la canción romántica en España, sea hoy un completo desconocido tanto para el público como para TODOS los medios de comunicación. Y lo más desolador es que, además, nadie sepa oficialmente cuándo nos dejó. Otro ejemplo de imperdonable ostracismo en nuestra cultura.