«La Cultura es la buena educación del entendimiento», Jacinto Benavente

Baroja, testigo errante del Madrid desaparecido

Madrid conmemora los 150 años del nacimiento del popular escritor vasco



Carlos Arévalo

Lucen las farolas madrileñas engalanadas con una espléndida ilustración de don Pío que reza sencillamente: «Baroja por Madrid». Y es que exactamente hoy, día de los Santos Inocentes, se cumple siglo y medio desde que vino al mundo el autor de La busca, excelso escritor e incansable flanêur que confeccionó gran parte de sus novelas y personajes, observando los singulares tipos que habitaban los distintos barrios madrileños. Por ello, el Ayuntamiento de Madrid también lo ha nombrado recientemente Hijo Adoptivo de la ciudad.

Donostiarra de nacimiento y madrileño de corazón, en la capital encontró la inspiración literaria y su lugar de residencia durante la mayor parte de su vida. Ante tal acontecimiento, una campaña municipal abarca diversas actividades culturales -y hasta un mapa ilustrado con sus escenarios favoritos- para recordar la sobresaliente trayectoria de Pío Baroja y Nessi (San Sebastián, 1872- Madrid, 1956), enfocándose en su vida madrileña. Al hilo de este singular aniversario, surge el atractivo plan de echarnos a la calle y seguir los pasos y lugares predilectos del ilustre literato, que recorrió la ciudad de cabo a rabo dejándonos impagables testimonios escritos en su extensa producción.

Para que el lector se sitúe en el tiempo de Baroja son muy ilustrativas las siguientes líneas que nos legó: «La Cibeles, cuando yo era joven, no estaba en medio de la plaza donde ahora está; quedaba un poco hundida en la tierra delante del Ministerio de la Guerra, a la entrada del paseo de Recoletos. Casi enfrente, dando la vuelta a la plaza, estaban los Jardines del Buen Retiro, que tenían su verja. (…) El Prado antes no tenía jardinillos por tierra. Estaba enarenado. La gente salía a tomar el fresco en verano, a sentarse en las sillas de hierro que allí había, mientras los chiquillos jugaban y hacían gimnasia en una barra que limitaba el paseo».

Sus primeras residencias en Madrid
Fueron varios los domicilios madrileños que habitó el popular novelista desde que llegó junto a su familia en 1879 hasta su óbito, casi ocho décadas después, en 1956. La primera vivienda estaba situada en la calle de Fuencarral, en el tramo entonces llamado calle Real comprendido entre la glorieta de Bilbao y la de Quevedo, en un inmueble aislado próximo a la famosa «era del Mico», un descampado alto sobre el que permanentemente, según cuenta Baroja, «estaba instalada una verbena modesta: columpios, tío vivo, bolos, barracas de pim-pam-pum, tenderetes de cascajo, puestos de rosquillas, fogones de buñuelos...»

Inmediatamente después se trasladaron al barrio de Malasaña, concretamente a una vetusta vivienda en la calle del Espíritu Santo, próxima a la entonces llamada Ancha de San Bernardo, -actualmente denominada sencillamente San Bernardo-. El histórico autor dejó escrito que, esta casa, tan metida en el cogollo matritense universitario, le sirvió de magnífico observatorio para catalogar, en su sensibilidad y en su memoria, algunos tipos muy populares: «el aguador a domicilio, los vendedores voceadores de ¡Miel de la Alcarria!, ¡Buen requesón de Miraflores y a prueba!, ¡A componer tinajas y artesones, barreños, platos y fuentes!, ¡Lilas de la Casa de Campo, lilas!, ¡La cañamonera , tostaditos!». De aquella primera época de su infancia, Baroja decía: «tengo la impresión de que Madrid no dejaba de ser, en su limitación y en su pobreza, un pueblo alegre y pintoresco, y fácil para todo el mundo».

Etapa infantil en Navarra

Tras dos años residiendo en la capital española, los Baroja tuvieron que mudarse a Pamplona en 1881 debido a un cambio de destino del patriarca, don Serafín, ingeniero de minas. En la ciudad navarra permanecieron durante cinco años donde el joven Pío comenzó a leer tanto folletines como clásicos y donde, además, el nacimiento de su hermana Carmen -él fue el tercero de cuatro: Darío, Ricardo, Pío y Carmen- marcó esta época de su vida. Allí, su abuelo regentaba una fonda por la que pasaban toreros, artistas de circo o escritores que posteriormente se verían reflejados en los personajes que plasmó magistralmente en sus obras. A raíz de esta larga temporada en Navarra, su vínculo con aquellas tierras sería cada vez más estrecho. En la localidad de Vera de Bidasoa se encuentra la casona «Itzea», una espléndida mansión familiar de los Baroja habitada desde principios del siglo XX, en la que residiría largas temporadas el escritor vasco y en la que también vivió su sobrino, el antropólogo y académico Julio Caro Baroja, uno de los historiadores españoles más reconocidos del pasado siglo.

Emparentado con Viena Capellanes
En el año 1886, regresa a Madrid toda la prole instalándose temporalmente en el número 2 de la calle de la Misericordia, donde vivía doña Juana Nessi, tía de la madre de los Baroja y dueña de la fábrica de pan Viena Capellanes -actualmente una de las pastelerías y empresas de cátering más célebres de Madrid- fundada por su esposo, don Matías Lacasa y sita en los bajos del mismo inmueble de la citada vía. El propio Pío relató que, junto a su hermano Ricardo -que luego sería un prestigioso pintor y grabador-, descubrieron en uno de los cuartos altos «un tragaluz desde el que podía salirse al tejado y, desde aquí, contemplar un espectáculo seductor de chapiteles, buhardillas y tejados».

Nuevos cambios de domicilio, probablemente a principios del otoño de 1890. Esta vez, la familia se mudó a un cuarto piso ubicado en el actual número 96 de Atocha, en un edificio que hacía esquina a la calle de la Esperancilla, hoy denominada Marqués de Toca. Cuenta Baroja haciendo memoria que en la planta baja del inmueble había «un café poco concurrido» refiriéndose, con casi toda seguridad al mítico Café de La Unión donde, haciendo mención a toreros muy populares de su tiempo, el cantar flamenco decía que «paraba Curro Cúchares, El Tato y Juan León».

Estudios de Medicina y vida madrileña

Pío terminó el bachillerato en el viejo Instituto de San Isidro de la castiza calle de Toledo, 39 y se decidió por la carrera de Medicina, matriculándose en la Facultad de San Carlos sita en la calle de Atocha. Por entonces ya vivían los Baroja en la siempre solitaria y muy corta calle de la Independencia junto a la plaza de Isabel II, también conocida como plaza de la Ópera: «Me gustaba husmear, vagabundear por las calles próximas a mi casa, las calles del Espejo, Amnistía, Unión, la de Santa Clara, donde se suicidó Larra, la calle de la Escalinata y la del Bonetillo. (…) Me gustaban también mucho las calles próximas a la de Segovia. Eran callecitas estrechas, solitarias y melancólicas; la calle del Duque de Nájera, la del Nuncio, la del Rollo, algunas con escaleras, como la del Conde; la mayoría con unos balcones poco salientes y alguna tiendecilla con su toldo descolorido. También me parecía muy simpática la plaza de la Morería, con un farol en la esquina de una callejuela y algunas chicas que jugaban al corro».

Inspiradores paseos por los barrios bajos
En su época estudiantil comenzaron sus kilométricos y célebres paseos que forjarían su personal estilo en el que abordó la naturaleza humana pintando como nadie con desgarradora verdad y patetismo, escenarios madrileños de los llamados barrios bajos. Algunos incluso eran insalubres como el de las Injurias, el Rastro con su apéndice de «Las Américas», la Corrala, la famosa taberna de la Blasa, la Estación de las pulgas, el cerro de la Plata, Entrevías, las Rondas -Toledo, Valencia, Segovia-, Lavapiés, Embajadores... Y también el Madrid del Norte: Vallehermoso, Cuatro Caminos, los desmontes hacia la Dehesa de la Villa y el Pardo, las caleras y ladrilleras de Tetuán de las Victorias, las chabolas de los traperos y cazadores furtivos... Eran aquellos, recorridos sosegados y muy fisgones, en los que aprovechaba para adentrarse en humildes establecimientos del comercio y de la industria y dialogar con encargados, dependientes y clientes de ocasión, enterándose así de las minucias cotidianas que tanto material le proporcionarían para sus obras. 

Los cafés populares

Además hallaría Baroja ambientes idóneos para sus relatos en cafés populares como el de San Millán sito en la plaza homónima, el de Naranjeros en la plaza de la Cebada, el del Prado en la calle del mismo nombre, el del Brillante en la calle de Alcalá, el Fornos en Alcalá con vuelta a la calle de Peligros, el Antiguo de Levante en la calle del Arenal, el Inglés en la calle de Sevilla, el Español en la calle de Carlos III, el Imperial, el Oriental y el Universal en la Puerta del Sol, el de Platerías en la calle Mayor, el Iberia en la Carrera de San Jerónimo, el de San Isidro en la calle de Toledo, etcétera. Asimismo el escritor fue un asiduo de las funciones de zarzuela por las que sentía una enorme afición -la música de Federico Chueca fue su preferida-, en el Salón Capellanes, Variedades, Novedades, Romea, Alhambra, Zarzuela, Apolo o Felipe -barracón ilustre que estuvo en el Paseo del Prado, casi donde hoy se levanta la fachada oriental del Palacio de Comunicaciones-. Esta fisonomía urbana la plasmará Baroja en más de medio centenar de sus novelas como Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, Las Noches del Buen Retiro o la trilogía de La lucha por la vida que incluye La Busca, Mala hierba y Aurora Roja. También en los siete nutridos volúmenes de sus memorias, publicadas con el sugerente título Desde la última vuelta del camino, son habituales las alusiones a Madrid.






El escritor vasco fue testigo excepcional de aquel Madrid que no dormía por la noche y donde se juntaban los golfos, la bohemia, los trabajadores y los señoritos. También conoció a viejos músicos callejeros, a los que seguía para aprenderse sus canciones; a los mendigos, aguadores y todo tipo de vendedores ambulantes con sus característicos pregones. Su natural propensión a lo trágico y su interés por lo sórdido y lo macabro, llevó al autor a visitar con cierta frecuencia y de noche, los cementerios románticos como el de Vallehermoso así como a presenciar turbios sucesos de aquel tiempo como la ejecución por garrote vil en 1890 de Higinia Balaguer, la muchacha de servicio que asesinó a su ama en el tan célebre crimen de la calle de Fuencarral. «Enseguida -escribió don Pío- el cura y los Hermanos de la Paz y Caridad se retiraron y quedó allí la figura negra, muy pequeña, encima de la tapia roja de ladrillo, ante el cielo azul claro de la mañana de primavera».

Valencia y su época como médico
Posteriormente y, aprovechando un nuevo traslado profesional de su padre, el futuro médico estudiaría dos cursos de la carrera en Valencia, ciudad que no le agradó en absoluto si atendemos a la impresión que manifestó en unas cartas dirigidas a su buen amigo José Martínez Ruiz «Azorín». Allí falleció su hermano Darío por tuberculosis, enfermedad tristemente tan común entonces. Antes de convertirse en el escritor de éxito que fue, Baroja ejerció durante un breve período la Medicina. Al terminar la universidad en Valencia, regresó a Madrid para realizar el doctorado y, al finalizarlo, volvió a la ciudad del Turia. Allí aceptó una oferta laboral para ocupar una vacante como médico rural en la localidad guipuzcoana de Cestona y posteriormente otra en Zarauz. Desarrollando sus conocimientos como doctor, Baroja compaginó aquella etapa publicando crónicas y narraciones en varios periódicos de izquierdas como «La Justicia», «El Ideal», «El Liberal» o «El Globo». Pero aquellas experiencias como médico no le resultaron nada satisfactorias por lo que tomó la decisión de regresar definitivamente a Madrid.

De nuevo en la capital de España quiso dar un giro total a sus planes, y tomó las riendas de la citada tahona familiar Viena Capellanes en cuya dirección ya había fracasado su hermano Ricardo. Así que para estar pendiente del negocio, se instaló nuevamente en la calle de la Misericordia aunque de todos es sabido que la aventura panadera de don Pío no fue ni larga ni fructífera. En la tahona es donde entró en contacto con las gentes que le traían la harina y la leña y conoció en profundidad las formas de trabajar y de vivir de la gente humilde, que inmortalizaría en sus magistrales páginas. Aquí vivió ininterrumpidamente desde 1895 hasta 1902: «Madrid ahora me gustaba, me hacía gracia también explorar la vieja casa; iba reconociendo con gusto sus rincones y tomaban valor para mí los detalles que guardaba en mi memoria».

La fascinación del 98 por París

Tras esta incursión en la empresa familiar, el escritor comenzó a satisfacer sus ansias viajeras. En julio de 1899, llegó por primera vez a París. Sería el primero de muchos largos periplos tanto a la capital francesa como a otros países europeos que le servirían enormemente para confeccionar sus futuras publicaciones. Llevaba en su bolsillo recortes de algunos artículos periodísticos que había escrito en distintas cabeceras. En su pensamiento, la idea de su primer libro titulado Vidas sombrías, una recopilación de cuentos que vería la luz al año siguiente, en 1900 e impulsaría, decisivamente, su carrera literaria. Posteriormente llegaría su primera novela: La casa de Aizgorri. «Al llegar a Madrid en 1899 -escribe don Pío- volví a reunirme con la gente literaria».



Eran frecuentes las caminatas de Baroja junto a «Azorín», paseando y charlando, deteniéndose y arrancando cada veinte metros o curioseando con pasión en los tenderetes de libros de lance alineados junto a la verja del Jardín Botánico, en el tramo comprendido entre el Museo del Prado y la Cuesta de Moyano. Precisamente con José Martínez Ruiz -todavía no empleaba su pseudónimo de «Azorín»- y Ramiro de Maeztu, formaría el llamado «Grupo de los Tres», además de componer junto a los hermanos Machado y a otros autores contemporáneos, la conocida Generación del 98 nacida tras el histórico «Desastre del 98» en el que España perdió sus colonias y su hegemonía. Sería esta generación literaria, la más deslumbrante agrupación de escritores desde el Siglo de Oro y por tal esplendor se enmarcaría en el apodado como Siglo de Plata.

La editorial Caro Raggio

Hacia 1902 los Baroja trasladaron su domicilio a la calle de Juan Álvarez de Mendizábal, 34, a un viejo inmueble que había pertenecido al Marqués de Berne. El caserón tenía dos pisos y, con el tiempo, la familia lo ampliaría en otros dos. En este edificio instaló el cuñado del escritor, Rafael Caro Raggio casado con su hermana Carmen, su editorial y su imprenta. La había fundado para imprimir y editar, esencialmente, las obras de Baroja, «Azorín» o Ciro BayoTambién en un salón del vetusto inmueble se celebraron las representaciones escénicas de un grupo de aficionados con el título de «El Mirlo Blanco». El alma de esta iniciativa fueron dos mujeres: Carmen Monné, esposa de Ricardo Baroja, y la ya citada Carmen Baroja, esposa de Caro Raggio. Escribieron piezas breves para este teatrillo, los hermanos Ricardo y Pío, Valle-Inclán, Cipriano Rivas Cherif, Claudio de la Torre o Edgar Neville. Hacía de director escénico el propio Rivas Cherif y ponía la música Gustavo Pittaluga. Don Pío asistía muy pocas veces a las funciones aunque parece ser que llegó a trabajar en una de ellas.

Baroja ni diputado ni concejal

Como curiosidad conviene recordar los breves coqueteos con la política que tuvo el escritor, presentándose en 1918 a diputado a Cortes por Fraga de Aragón, afiliado al partido radical de Alejandro Lerroux, cargo que finalmente no logró. Después intentaría ser concejal por Vera de Bidasoa en 1920 y en 1922 pero tampoco sería elegido, por lo que tras estas derrotas regresó a lo que verdaderamente le interesaba: escribir y recorrer a diario algunas librerías de lance como la de García Rico en la calle del Desengaño, la de Melchor García en la calle Ancha de San Bernardo, la de Gregorio Pueyo en la calle de la Abada o la de Tormos en la calle de Jacometrezo. 

No fue amigo de tertulias en cafés pero como gran bibliófilo, asistía con frecuencia al llamado «Club del Papel», abierto en la citada librería de Tormos y donde acudían libreros de viejo, comisionistas de libros, eruditos anónimos en busca de gangas bibliográficas y opositores «a mangar» al descuido de algún libro para venderlo en la librería más próxima. Don Pío se divertía de lo lindo en aquel lugar, donde siempre tenía reservado el mejor sillón, cercano a la estufa. Y, por supuesto, seguía dándose grandes caminatas, aunque por otros lugares más próximos a su nuevo domicilio: Rosales, el Parque del Oeste, los alrededores de «La Tinaja» y de la Moncloa, la plaza de Oriente y la todavía de San Marcial -hoy, de España-. Trabajaba el escritor desde las ocho de la mañana hasta la hora del almuerzo: la una. Y dos horas después se largaba a la calle, por lo frecuente a visitar aquellas librerías de lance, revolver en las estanterías y que los libreros le contaran «lo más nuevo que se dijera por ahí». El 12 de mayo de 1935 leyó su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, contestándole en nombre de la docta corporación, don Gregorio Marañón.





En la casa de Mendizábal vivieron hasta el fatídico año 1936. El estallido de la guerra civil coincidió con una de sus estancias en su finca de Vera de Bidasoa. Durante algunas semanas don Pío lo pasó realmente mal, pues nunca pecó de valiente y sabía que les era muy poco simpático a las derechas vascas tradicionalistas, pronto dueñas de la provincia de San Sebastián. Al fin pudo cruzar la frontera y pasar a Francia el 23 de julio de 1936 con 63 años y 200 pesetas en el bolsillo. En París vivió los tres años que duró la contienda y parte del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Temeroso ante el avance alemán sobre la capital francesa, decidió regresar a Madrid con su hermana y sus sobrinos. Ya había muerto su madre y su cuñado Caro Raggio había pasado la guerra española sin salir de Madrid, procurando conservar la editorial, la imprenta y los muebles de la familia.

La posguerra y Ruiz de Alarcón, 12

En aquel año 39, Pío Baroja se instaló en el número 12 de la calle Ruíz de Alarcón, en el piso cuarto izquierda, en pleno barrio de Los Jerónimos, uno de los más bonitos y señoriales de Madrid. Desde aquí sus paseos se reducían a recorrer parte del cercano Parque de El Retiro caminando por el paseo de Coches o el de Cuba y las inmediaciones del Palacio de Cristal o la estatua del Ángel Caído, para terminar con frecuencia en las casetas de libros de lance de la Cuesta de Moyano. En su domicilio, por las tardes, se formaba una pintoresca tertulia formadas por médicos, escritores jóvenes, estudiantes curiosos, periodistas y admiradores anónimos a quienes ni se pedía el nombre para admitirles en aquellas reuniones.

Don Pío, que se definía como «un hombre humilde y errante», era tremendamente introvertido a pesar de su fama internacional y proyectaba una imagen hosca que, según los que lo trataron, no se correspondía con la realidad. Ningún piso más hospitalario que el de Baroja, ni menos ceremonioso. La tertulia la presidía él, con boina, bata y desgastadas zapatillas, hundido en un viejo sillón y cruzado de manos y piernas. Ya hablaba poco en sus últimos tiempos pero sonreía cómplice cuando le contaban cotilleos y secretillos que ocurrían en la literatura y en la política. En esa casa lo visitó Ernest Hemingway que pidió públicamente para él, sin éxito, el Nobel de Literatura. Y allí también murió el 30 de octubre de 1956. En su entierro quisieron rendirle un último homenaje escritores como Miguel Pérez Ferrero o Camilo José Cela, que llevaron su féretro.

Homenajes que mantienen su memoria

A diferencia de lo ocurrido con otros brillantes escritores, Madrid ha realizado todo lo que estaba a su alcance para perpetuar la memoria de don Pío Baroja, dedicándole una calle, un colegio y una placa en algunas de sus residencias además de una imponente estatua, obra de Federico Coullaut-Valera, que desde 1980 preside la cabecera de la tan barojiana cuesta de Moyano. En un país en el que la lectura no es precisamente el hábito más practicado por nuestra sociedad, que la figura del homenajeado siga vigente no significa, lamentablemente, que su legado literario sea conocido por los lectores españoles. Pero frente a eso, don Pío, me temo que poco podemos hacer.