«La cultura es la buena educación del entendimiento», Jacinto Benavente

El trono del príncipe de la canción queda vacío

Se va una de las máximas figuras del arte folclórico español: «El Príncipe Gitano»
El desaparecido cantante logró grandes éxitos aunque tristemente lo recordarán por su versión del In the ghetto.

Carlos Arévalo
Era un gitanito tan atípico por su aspecto rubio y sus lindos ojos azules que a su madre le decían por la calle: «Tiene usté un principito». Y sé quedó con el mote. Enrique Castellón Vargas alias «El Príncipe Gitano» (Valencia, 1932- Guadalajara, 2020) ha sido uno de los grandes representantes de la canción española. Con su partida al reino celestial de las voces flamencas queda derrocada la soberanía del cante en nuestra piel de toro.
De orígenes muy humildes, siendo niño acompañaba a su familia en la  venta ambulante. Sus vidas se arrastraban por los polvorientos caminos españoles en destartaladas carretas igual que en aquella canción que decía: «Cantando van alegres, su patria está lejana. Errantes van en caravana, pueblos y pueblos los ven pasar». Era una España de posadas y ventas viejas donde en cualquier momento aparecía una guitarra y un palmero. Y entre tragos de aguardiente y Valdepeñas ponían una desgarrada nota de color a la miseria.  

En improvisadas fiestas de hogueras y calderos de cobre, sentados en torno al calor de la lumbre, Enrique cantaba. Su sueño era ser torero pero su destino estaba tejido en las notas musicales. Llevaba el arte en las venas igual que sus hermanos el experimentado guitarrista Juan José o Dolores Vargas «La Terremoto» con la que actuó tantas veces. También su primo era el gran maestro «Sabicas» que llevó la guitarra flamenca allende los mares.

Con solo quince años ya protagonizó su primer espectáculo Pinceladas en la posguerra madrileña de estraperlo y pan negro. Sus patillas de bandolero flanqueaban una nariz aguileña y aquella poderosa mirada penetrante y azul llena de ilusiones y esperanzas. Convertido en prócer del cante impuso su principado artístico coronado por un negro sombrero andaluz. Recorrió teatros, circos y salas de fiesta con la aclamada bailarina Minerva, pasó por la Compañía de Carmen Morell y Pepe Blanco y convertido en estrella deslumbró al público en shows propios de donde salieron figuras posteriores como Manolo Escobar o Rocío Jurado

A partir de la década de los cincuenta protagonizó como actor un puñado de películas útiles para divulgar la copla española como Brindis al cielo, Un heredero en apuros, EspañolearImpecable sobre los escenarios y fuera de ellos, El Príncipe Gitano derrochaba una elegancia algo «kitsch» y un depurado estilo en su forma de interpretar rumbas, pasodobles o zambras como Cortijo de los Mimbrales, Cariño de legionario, Obí, obá, Los ejes de mi carreta, Sortija de oro, Tengo miedo, Tani o El Porompompero. Ésta última tuvo que cederla por un lío legal para que la grabara Escobar convirtiéndola en uno de sus temas imprescindibles.


Su osadía natural y probablemente una mala asesoría artística lo llevó a registrar una patética versión del clásico de Elvis Presley In the ghetto. La interpretación en un terrorífico esperanto fue el caldo de cultivo perfecto para que la crítica le colgara un sambenito tan «typical spanish» e injustamente merecido pues su trayectoria cuenta con cientos de grabaciones que nada tienen que ver con aquel experimento. Por cierto, para los más bizarros y morbosos, repitió la inclasificable fórmula con La vie en rose o en menor medida con Beatnik. En la década de los ochenta llegó el declive para el levantino hasta que su leyenda se fue diluyendo en esporádicas actuaciones en televisión y recitales en escenarios de segunda categoría. 

Con su desaparición queda vacío el trono del folclore de una época que no tiene pinta de que vaya a regresar. Él se definía a la perfección  cuando bordaba la zambra que llevaba su nombre: «Yo no sé de donde soy tampoco de donde vengo ni donde me iré mañana ni necesito saberlo…las noches de luna clara le canto al cielo flamenco. Sólo sé que soy gitano que soy príncipe heredero y en la palma de mi mano llevo escrito el testamento». Hasta siempre, alteza.