«La cultura es la buena educación del entendimiento», Jacinto Benavente

¡Gracias, Cesáreo!

Cesáreo Estébanez fue uno de los actores españoles más entrañables.



Carlos Arévalo

Estaba apostado en la barra del sótano del pub Torero en la madrileña calle de la Cruz -donde viví y bebí tantas noches inolvidables- cuando lo vi nada más bajar la angosta escalera. Entonces yo paraba casi a diario en aquel garito que era para mí el sancta sanctorum de la que podríamos llamar bohemia postmoderna en términos cursis.

-Buenas noches, ¿es usted Cesáreo Estébanez*? Le pregunté.

-¡Niño, no me llames de usted! Que te acuerdes de mi nombre ya es raro pero que encima sepas el apellido, tiene cojones, me espetó.

Tomamos una copa y, livianamente, hablamos un rato. Atesoraba incontables horas de oficio e impagables vivencias sobre las tablas que, al fin y al cabo, es lo que verdaderamente cuenta en esta bendita profesión aunque en aquel  momento, para mí, como para tantos millones de españoles era, sobre todo, el simpático agente Romerales de Farmacia de Guardia que en los años noventa fue imprescindible en mi niñez y me hizo feliz durante tantos jueves.

Enrique de Aguinaga: «Fui muy feliz en el Madrid de los años cuarenta»

 A sus 97 años, el periodista más veterano de España nos recibe en su residencia madrileña

El periodista, profesor y Cronista de la Villa don Enrique de Aguinaga durante la entrevista en su domicilio.

Carlos Arévalo

Tarde madrileña típicamente otoñal. El cielo comenzaba a tornarse grisáceo y durante la jornada ya habían caído algunos breves e impertinentes chubascos. Las hojas amarillentas se arremolinaban en los jardines colindantes de la Ciudad de los Periodistas. En uno de los mastodónticos bloques de viviendas de este complejo residencial habita desde su fundación en 1975 el ahora decano de los periodistas españoles, don Enrique de Aguinaga (Valverde del Fresno, 1923).

Le solicito un encuentro a través del correo electrónico que, a sus 97 años cumplidos, maneja con una destreza pasmosa. Me cita en su domicilio y acudo puntual a la cita. Me abre la puerta una persona encargada de su cuidado y me hace pasar al inmediato salón amueblado en madera que preside un gran retrato del cronista y profesor emérito. Enseguida hace su entrada el casi centenario Aguinaga que se apoya en un bastón y se toca con boina a lo Baroja. Está bien abrigado, sobre la camisa de cuadros lleva un chaleco y encima una chaqueta de pana oscura. Saca de un bolsillo un pequeño aparato eléctrico que le sirve para calentarse las manos. «Tengo algo de frío sobre todo en las manos y en la cabeza, por eso le recibo así», es lo primero que me dice. Inmediatamente se sienta en una mecedora y me señala un sillón a su derecha para que tome asiento, el destinado a las visitas que, al parecer, no son frecuentes.

El espíritu del antiguo Circo Price revive en Madrid

 Se estrena el espectáculo Mil novecientos setenta sombreros

Pepe Viyuela junto a algunos de sus compañeros en un momento del estreno en Madrid. Foto: EFE

Carlos Arévalo

En la primavera de 1970 se cerraron para siempre las puertas del histórico Circo Price para después sucumbir a la piqueta al igual que otras construcciones legendarias madrileñas que tristemente corrieron la misma suerte. Tomaba el apellido del clown y écuyer o acróbata ecuestre irlandés Thomas Price -casi nadie en España lo pronuncia correctamente- que desde mediados del siglo XIX ya había regentado en Madrid en un barracón de madera y lona sus espectáculos circenses con caballos, primero junto a la Puerta de Alcalá y después en el Paseo de Recoletos. En 1880, tres años después de morir Price, su hija adoptiva la amazona Matilde de Fassi fundó junto a su esposo el también caballista William Parish en la plaza del Rey, el que sería el templo de la diversión en la capital española durante casi un siglo. El crítico teatral Alfredo Marquerie lo definió a la perfección: «No es que por Price haya pasado la historia del circo, es que Price era ya la misma historia del circo».

Contrastes de una España en blanco y negro

La retrospectiva «Visit Spain» muestra los mejores trabajos del fotógrafo catalán Ramón Masats

Una de las fotografías de Masats tomada en Arcos de la Frontera durante una Semana Santa.



Carlos Arévalo

A bordo de un mítico Seat 600, el fotógrafo autodidacta Ramón Masats (Caldes de Montbui, 1931) recorrió nuestra piel de toro durante la década de 1955 a 1965 gracias a sus colaboraciones en la revista cultural Gaceta Ilustrada. Era la alegre España de «El Cordobés» y de Martín Bahamontes pero también la de la dura realidad del botijo y la alpargata, la de gentes analfabetas que trabajaban en el campo de sol a sol. Ese amplio abanico de contrastes y tópicos es lo que refleja con magistral enfoque la cámara de Masats en esta muestra de 145 instantáneas comisariada por el también fotógrafo Chema Conesa que permanecerá hasta el 12 de octubre en La Tabacalera de Madrid. Su título, el mismo que utilizó en aquellos años el Ministerio de Información y Turismo como reclamo publicitario internacional: Visit Spain. Conciso y directo, así aparecía el mensaje en los coloridos carteles promocionales de la época -tiempos de autarquía- siempre con motivos folclóricos que ayudaron enormemente a colgarnos el sambenito de los toros, la paella y el flamenco.