«La cultura es la buena educación del entendimiento», Jacinto Benavente

El fatídico adiós de un San Valentín de cine

 El documental Osario Norte dignifica la figura de Jorge Rigaud


Carlos Arévalo

Fue el actor Jorge Rigaud (Buenos Aires, 1905- Leganés, 1984) un sinónimo de perfecto caballero, un apuesto galán en el cine y fuera de él con exquisitos modales de auténtico gentleman. Nació en Argentina aunque siendo un niño emigró con su familia a Francia donde aprendió a la perfección el idioma y las costumbres del país galo. Su verdadero nombre era Pedro Jorge Rigato Delissetche pero en su vida profesional figuró primero como Georges Rigaud para después adaptarlo a George y quedarse finalmente con Jorge.

Rafael López Somoza, un cómico de cuerpo entero

Descubrió todos los secretos del teatro y fue maestro de actores como Paco Martínez Soria

Carlos Arévalo

Considerado un maestro de maestros fue un actor inmejorable cuyo talento monumental sirvió de referencia a varias generaciones de intérpretes que lo admiraron hasta la saciedad. Y con todo eso, está absolutamente olvidado. Cierto es que ha pasado demasiado tiempo desde su desaparición en 1977 pero ello no es óbice para relegar de la memoria escénica y de las páginas culturales al que fue eminente baluarte del teatro español. Es necesario que figuren en los libros las huellas de tantos artistas que crearon escuela y que se dejaron el sudor y la piel para entretenernos y enseñarnos tanto de su arte. Y uno de los imprescindibles fue don Rafael López-Somoza Pérez, que vino al mundo en Madrid un 4 de marzo del año 1900 y de él se fue, un 25 de mayo de 1977 en su misma ciudad del alma.

Quique San Francisco, la imposible supervivencia de la bohemia


Carlos Arévalo

De padres actores -Enriqueta Cobo y Vicente Haro-, Enrique San Francisco (Madrid, 1955-ibid. 2021) aprendió el oficio directamente sobre las tablas como los cómicos clásicos y tuvo la oportunidad de trabajar con los mejores. Y gracias a aquella escuela intuitiva y de raza, llegó a ser un excelente intérprete. Su bautismo escénico fue nada menos que con un título de Shakespeare. Y es que formó parte del elenco de El sueño de una noche de verano que dirigió Cayetano Luca de Tena en el Teatro Español en 1964. Con apenas seis años ya había debutado en el cine en la película Diferente (Luis María Delgado, 1961) y a mediados de esa década lo haría en la pequeña pantalla en la serie Santi, botones de hotel a la que seguirían varios espacios dramáticos de la entonces sobresaliente Televisión Española.

¡Gracias, Cesáreo!

Cesáreo Estébanez fue uno de los actores españoles más entrañables.



Carlos Arévalo

Estaba apostado en la barra del sótano del pub Torero en la madrileña calle de la Cruz -donde viví y bebí tantas noches inolvidables- cuando lo vi nada más bajar la angosta escalera. Entonces yo paraba casi a diario en aquel garito que era para mí el sancta sanctorum de la que podríamos llamar bohemia postmoderna en términos cursis.

-Buenas noches, ¿es usted Cesáreo Estébanez*? Le pregunté.

-¡Niño, no me llames de usted! Que te acuerdes de mi nombre ya es raro pero que encima sepas el apellido, tiene cojones, me espetó.

Tomamos una copa y, livianamente, hablamos un rato. Atesoraba incontables horas de oficio e impagables vivencias sobre las tablas que, al fin y al cabo, es lo que verdaderamente cuenta en esta bendita profesión aunque en aquel  momento, para mí, como para tantos millones de españoles era, sobre todo, el simpático agente Romerales de Farmacia de Guardia que en los años noventa fue imprescindible en mi niñez y me hizo feliz durante tantos jueves.