«La cultura es la buena educación del entendimiento», Jacinto Benavente

Se va Aznavour, la última gran leyenda de la «chanson française»

Charles Aznavour (1924-2018) ha sido el mejor y más longevo embajador de la llamada canción francesa.
El mítico cantante y compositor Charles Aznavour ha muerto hoy en el sur de Francia a los 94 años

Bajo estas líneas y como sentido homenaje a su figura artística, reproducimos la crónica del multitudinario recital que ofreció en Madrid el 31 de enero de 2017:

Carlos Arévalo
A primera vista Charles Aznavour (París, 1924) no parece que vaya a sorprender a nadie. Mide un metro y sesenta centímetros,  va vestido de negro, muestra un semblante serio, nariz aguileña, ojos pequeñitos, y una tez paliducha y poco expresiva. Cuando comienza a cantar tampoco aparenta hacer un gran esfuerzo y uno no piensa que tiene delante al más veterano «embajador de la canción francesa». Pero la calma es precisamente su clave mientras va desgranando esas letras mágicas y cantando esa hermosa poesía casi diciéndola. Y al final, cualquiera se da cuenta de que está ante una leyenda. Y no sólo porque haya vendido más de cien millones de discos por todo el planeta y sea el cantante en activo más longevo del mundo –cumplirá en mayo 93 años– sino porque rebosa talento y porque su historial artístico podría inspirar los argumentos de varias novelas de aventuras.
Lo descubrió nada menos que Edith Piaf «La Môme», que al escucharlo cantar a mediados de los años cuarenta, le ofreció un contrato y se lo llevó de gira por Estados Unidos. Después actuó en todos los cabarets de París habidos y por haber, disfrutó de la bohemia de aquellos tiempos, triunfó en templos como el Moulin Rouge o el  Olympia, fue discípulo de Charles Trenet –el de La mer– y todos los artistas importantes en Francia grabaron sus canciones desde Gilbert Bécaud a Juliette Gréco. Incluso a nivel mundial Aznavour es un mito que ha cantado con la crème de la crème: Sinatra, Dylan, Elton John, Plácido Domingo
Aznavour en un momento del concierto que ofreció en Madrid en enero de 2017.
Acompañado por seis magníficos músicos sobre el escenario y dos coristas –una de ellas, su hija Katia–, aguantó el tipo durante hora y media sin detenerse ni para beber agua. Tampoco para pronunciar ni una sola palabra de español, algo que chocó entre las miles de almas que abarrotaban el madrileño Palacio de los Deportes, después de haber grabado tantas versiones de sus éxitos en nuestra lengua y ser tan querido en España. Un «buenas noches» se habría agradecido. Alternó el repertorio, eso sí, con un tema en francés y otro en español e incluso cantó en inglés She, una de sus joyas, que Elvis Costello grabó para la banda sonora de Notting Hill. Hubo tiempo también para rescatar sus raíces –procede de familia armenia– trayendo exóticos sonidos que emanaban del acordeón y evocaban tiempos remotos y paisajes lejanos.

Constantine, Piaf y Aznavour.
Su estado físico y mental es algo atípico, milagroso, casi extraterrestre. Camina erguido e incluso hace amagos de carreritas por el escenario. A mitad del espectáculo se despojó de la chaqueta demostrando que está en forma y luciendo sus ya históricos tirantes rojos. Es de esos artistas cuya longevidad depende, además de su salud, de estar siempre activo. Por ello tras el recital de Madrid seguirá cumpliendo sus compromisos dentro de la gira mundial que lo llevará a Brasil, Chile o Rusia. Pese a la primera impresión, Aznavour además de interpretar y de haber conquistado a varias generaciones, habla por los codos y, siempre en francés, insistió en la importante labor del poeta Rafael de León al adaptar algunos de sus textos al español de manera magistral.

Escritor incombustible de sentimientos profundos, no hay que olvidarse de que también es el autor de la mayoría de sus canciones cuya temática siempre ha versado sobre el amor, la vida o la juventud perdida. Así sonaron clásicos como Placeres antiguos, Hier encore, El barco ya se fue o sus dos super hits, compuestos a mediados de los años sesenta, que dejó para el final: Venecia sin ti –qué profunda emoción, recordar el ayer…aunque la voz le jugó una mala pasada, la única quizá en todo el concierto, y se le fue el tono varias veces– y La bohème, que despierta de su memoria viejos tiempos de niñez en Montmartre, duros pero felices.

Produce vértigo pensar que ese hombre pequeñito, que al principio apenas llama la atención, lleva ocho décadas cantando. Su contribución a la canción melódica universal le ha hecho ganarse el puesto de honor que ostenta y el máximo respeto del público y de la profesión artística. Y allí estaba, delante de todos, vivo y en perfecto estado de revista, «el Sinatra francés» o Charles «Aznavoice» –como alguien le apodó un día–, agigantando su leyenda si es que puede hacerse todavía más grande.