«La cultura es la buena educación del entendimiento», Jacinto Benavente

La isla castiza

Carlos Arévalo

El mundo cambia. Los barrios también. En Madrid nos hemos dado cuenta de ello hace tiempo. Las tasquitas, botillerías y tabernas aledañas a la calle de Bravo Murillo se han extinguido prácticamente. Hoy escribo desde una de ellas, Casa Eladio. Es una de las pocas islas castizas que se mantienen en mitad de este «pequeño Caribe». El tsunami latino se ha tragado los negocios tradicionales, salpicando la zona de peluquerías, locutorios y cantinas con su estética, su aire y sus maneras.

Tres escalones separan este variopinto universo de nuestro microcosmos cañí, con sus abuelitos echando el mus de la tarde, su ludópata perdiendo el jornal en la máquina tragaperras y su camarero espigado y parlanchín.
-¿Otra cañita? 
-Bueno, por la gente rumbosa. 
-¿Qué le pongo de aperitivo? 
Rara pregunta también y, por desgracia, cada vez más en desuso; los azulejos andaluces reinan en las paredes y la Virgen del Rocío preside una de ellas. En un altillo hay una silla verde de cantaor sobre la que descansa una guitarra española y cuelga un sombrero como el del Tío Pepe. Al atrezzo flamenco le acompaña un mantón del mercadillo y una bata de cola blanca con lunares rojos, tan grandes como los de la bandera del Japón. Las fotos de toreros y futbolistas, viejos y jóvenes, rematan la decoración de este rincón tan, tan...típico pero cada día menos común aunque Maeterlinck dijera aquello de que «el pasado siempre está presente».
La noche comienza a tintar de incertidumbre las ventanas enrejadas del semisótano. Suena de fondo una pseudo rumba moderna. Los abuelos recogen el tapete. Los esperan en casa para cenar. O igual van adonde la doña dominicana a tomar un arroz con frijoles a ritmo de bachata. Todo está cambiando o mejor dicho, ya ha cambiado. 
-¿Le pongo la penúltima? 
-Mañana, jefe. Quizá, mañana.